Una de las tantas teorías de la comunicación posee un axioma que sostiene que es imposible no comunicar, siempre de una u otra manera hay comunicación. Los vínculos familiares, entre padres e hijos pueden estar quebrados o distanciados sin embargo existe entre ellos comunicación, se reciben y se envían mensajes todo el tiempo. El vínculo es un puente y todo puente puede ser transitado en una u otra dirección. Es posible entonces reconstruir o reparar aquellos vínculos que tal vez no se hayan instalado nunca en la estructura familiar. Dialogar es un principio básico del compartir y de cualquier vínculo. El vínculo es el sosten de la comunicación y esta es sosten de la posibilidad de aprendizaje.De manera que los posibles caminos para recomponer límites, responsabilidad, respeto y amor están al alcance de cualquier padre que tenga la voluntad, la iniciativa y la humildad de reconocer sus propios errores y acercarse a sus hijos aunque estos tal vez resistan al comienzo la propuesta.Es interesante reflexionar sobre la función del que contiene, es decir el recipiente. Los padres deben ser recipientes durante gran parte de la vida de sus hijos: deben cuidar, proteger, alimentar, educar y por sobre todo, deben amar a sus hijos.Ese es el secreto si es que hay secretos. No hay decalogos del buen padre que nos indique por cual camino hay que transitar para ejercer la paternidad o la maternidad en forma correcta. Hay que transitar la experiencia de ser padre para saber acerca de la esencia de la paternidad. Lo llamativo es que como padres que alguna vez fuímos hijos, lo hemos olvidado y no podemos ver en nuestros hijos, los hijos que nosotros fuímos.
martes, abril 22, 2008
domingo, marzo 02, 2008
Una reflexión acerca del consumo
¿Qué ves? ¿Qué ves cuando me ves?
(cuando la mentira es la verdad)
Aquella canción de Divididos en el memorable La Era de la Boludez, abre el terreno para algunas preguntas interesantes acerca de aquello que mostramos y aquello que ocultamos: lo público y lo privado.
En líneas generales los individuos que comienzan a transitar el hábito de consumo de alguna sustancia o poseen una conducta compulsiva, tienen la tendencia a ocultar dicha actividad. Usualmente los destinatarios de tal ocultamiento son la familia y personas vinculadas al círculo más cercano.
En algún momento en el desarrollo de sus teorías el Dr. Carl Gustav Jung planteó el concepto de persona como el aspecto más externo de la estructura de la personalidad. De hecho una de las acepciones de la palabra persona remite a la idea de máscara o personaje. De modo que para hallar alguna respuesta a nosotros mismos debemos iniciar un camino que nos conduzca al Si Mismo, sendero que desde luego no es una tarea sencilla y lleva tiempo, esfuerzo y compromiso.
Es precisamente este aspecto relacionado a la persona a la cual superponemos quizá erróneamente la idea del yo: Yo soy tal cosa, Yo tal otra, Yo, Yo, Yo… Llenamos nuestra de vida de Yo casi darnos cuenta, creyendo efectivamente que somos eso: Puro Yo.
No es casual esta vinculación. El Yo tiene una “piel” externa que lo convierte prácticamente en la cara visible de nuestro ser. Esa exterioridad quizá nos induzca a “bañarnos” de superficialidad todo el tiempo y no nos permite encontrarnos a nosotros mismos.
Desde este punto de vista ¿es posible preguntarnos que papel juegan las conductas compulsivas en una sociedad plagada de consumidores demandantes de satisfacción? ¿Elegimos la senda por la que caminamos o simplemente hemos sido empujados a hacerlo?
Podemos pensar, tal vez, que una conducta compulsiva solo sea una solución de compromiso a un problema que no podemos resolver, esto es, abandonar la exterioridad para lograr ser nosotros mismos.
La conducta adictiva con todo aquello que posee de repetitivo garantiza el enmascaramiento de esta problemática, tal vez porque esa persona ha quedado atrapada en la exterioridad y solo puede expresar a través de un síntoma su relación con un placer efímero que escapa una y otra vez precisamente por no poder superar la dualidad que le adjudicamos a la realidad, imprimiéndole la superficialidad de la máscara o la careta y que por pertenecer al palo garantiza la existencia. Lo uno o lo otro. Paradojas de la vida: El Bien y el Mal definen por penal… Cuando la mentira es la verdad.
(cuando la mentira es la verdad)
Aquella canción de Divididos en el memorable La Era de la Boludez, abre el terreno para algunas preguntas interesantes acerca de aquello que mostramos y aquello que ocultamos: lo público y lo privado.
En líneas generales los individuos que comienzan a transitar el hábito de consumo de alguna sustancia o poseen una conducta compulsiva, tienen la tendencia a ocultar dicha actividad. Usualmente los destinatarios de tal ocultamiento son la familia y personas vinculadas al círculo más cercano.
En algún momento en el desarrollo de sus teorías el Dr. Carl Gustav Jung planteó el concepto de persona como el aspecto más externo de la estructura de la personalidad. De hecho una de las acepciones de la palabra persona remite a la idea de máscara o personaje. De modo que para hallar alguna respuesta a nosotros mismos debemos iniciar un camino que nos conduzca al Si Mismo, sendero que desde luego no es una tarea sencilla y lleva tiempo, esfuerzo y compromiso.
Es precisamente este aspecto relacionado a la persona a la cual superponemos quizá erróneamente la idea del yo: Yo soy tal cosa, Yo tal otra, Yo, Yo, Yo… Llenamos nuestra de vida de Yo casi darnos cuenta, creyendo efectivamente que somos eso: Puro Yo.
No es casual esta vinculación. El Yo tiene una “piel” externa que lo convierte prácticamente en la cara visible de nuestro ser. Esa exterioridad quizá nos induzca a “bañarnos” de superficialidad todo el tiempo y no nos permite encontrarnos a nosotros mismos.
Desde este punto de vista ¿es posible preguntarnos que papel juegan las conductas compulsivas en una sociedad plagada de consumidores demandantes de satisfacción? ¿Elegimos la senda por la que caminamos o simplemente hemos sido empujados a hacerlo?
Podemos pensar, tal vez, que una conducta compulsiva solo sea una solución de compromiso a un problema que no podemos resolver, esto es, abandonar la exterioridad para lograr ser nosotros mismos.
La conducta adictiva con todo aquello que posee de repetitivo garantiza el enmascaramiento de esta problemática, tal vez porque esa persona ha quedado atrapada en la exterioridad y solo puede expresar a través de un síntoma su relación con un placer efímero que escapa una y otra vez precisamente por no poder superar la dualidad que le adjudicamos a la realidad, imprimiéndole la superficialidad de la máscara o la careta y que por pertenecer al palo garantiza la existencia. Lo uno o lo otro. Paradojas de la vida: El Bien y el Mal definen por penal… Cuando la mentira es la verdad.
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