Despejar los prejuicios en torno al tema de las conductas adictivas es uno de los factores que deben tenerse en cuenta en el trabajo con el ámbito familiar de la persona adicta.
Por lo general, a través de la experiencia de recibir y escuchar a las familias, hallamos que las mismas portan un saber colmado de ideas prejuiciosas respecto a la conducta adictiva.
Un lugar común es suponer que la conducta adictiva es simplemente un “vicio”, algo así como que está ligado a la voluntad maliciosa de la persona, incluso en un intento de poner el “culpable” fuera, se habla de las “malas juntas”. En otros casos se coloca lo hereditario, lo genético como una posible causa de la conducta adictiva.
Resumiendo, la familia intenta generalmente “poner” el problema fuera del ámbito familiar, como una tentativa de negar su responsabilidad en el asunto o desligarse de la participación en lo que se ha llegado a denominar “coadicción”.
Así como la persona que afronta esta dificultad carece de lo que denominamos “conciencia de enfermedad”, su grupo familiar también afronta a grandes rasgos la misma problemática, y debe asumir el tema de la conducta adictiva como un proceso de enfermar, que no ha surgido espontáneamente de un día para otro, sino que se ha gestado en un lapso de tiempo bastante prolongado.
La conducta adictiva se considera una enfermedad en tanto y en cuanto la persona que la padece, se ve imposibilitada de detenerse o abstenerse en la consumación de un determinado tipo de conducta, en este caso puntual, por ejemplo las adicciones a sustancias psicoactivas.
Esta falta de control y ausencia de límites vuelve a la conducta adictiva un verdadero riesgo para la salud y la vida de la persona que la padece. Por este motivo se sugiere mantenerse alejado de las circunstancias que desencadenan las conductas adictivas. El motivo de esta sugerencia radica en el riesgo que significa la posibilidad de recaída, ya que las mismas pueden inducir al sujeto a un recorrido inmerso nuevamente en el consumo de sustancias tóxicas.
Al considerar la adicción como una enfermedad, también debemos considerar que el tratamiento de rehabilitación no puede entenderse como un castigo o un control, sino como una actitud de cuidado hacia la persona que padece la adicción y además el hecho de que es la familia quien debe realizar los movimientos necesarios para modificar su estructura y estrategia interfamiliar para facilitar la recuperación.
jueves, marzo 11, 2010
De qué cambio de actitud familiar estamos hablando?
Cuando los padres se encuentran confrontados con la evidencia contundente de que su hija o hijo es consumidor de sustancias, la familia suele manifestar diferentes tipos de actitud. En algunos casos se tiende a rechazar la conducta del sujeto, (no es mi hijo, es vicioso, es malo desde que era pequeño, etc.) en otras oportunidades se niega la situación (son las "malas juntas", los amigos, etc.).
Las familias colaboradoras rara vez aparecen desde el comienzo del problema, sino que parecería que necesitan elaborar cierto tipo de duelo[3], para poder asumir una actitud más proactiva respecto al tratamiento de rehabilitación.
¿La familia del adicto también debe rehabilitarse?
Este es uno de los puntos más interesantes de mi trabajo en el área de las conductas adictivas. Tal vez porque implica introducirse en un mundo poblado de conflictos, de mitos y tabúes, pero fundamentalmente de miedos, de temor al autocuestionamiento, de sentimientos de culpabilidad, de vergüenza.
El micro universo familiar es una gran construcción discursiva[4] a nivel simbólico que por decirlo de algún modo atrapa a cada integrante en una compleja trama de ideas y prejuicios acerca de la vida. Una familia es ante todo una matriz y eso implica que es generadora de todo lo que sucederá luego. A su vez esta matriz, está inmersa y atravesada por las grandes construcciones sociales, los imaginarios del colectivo al cual pertenecen ya sea por origen, por pertenencia o por simple lugar de convivencia.
Y no es azarosa esta cuestión de los imaginarios sociales, ya que la familia reaccionará siguiendo esa impronta otorgada por dichos imaginarios, los cuales revelarán las ideas y prejuicios respecto a la conducta adictiva.
En las charlas con los grupos de familiares lo primero que sobreviene es la pregunta cargada de culpa: ¿qué fue lo que hicimos mal? Es el reproche que en forma reiterada y tortuosa retorna sobre las madres y los padres.
Lo primero que aclaramos que no se trata de buscar culpables, no estamos buscando un criminal o un delincuente. Se trata de encontrar una estrategia para poder ayudar a alguien que padece una enfermedad.
¿Entonces esto es una enfermedad? ¿De eso se trata? ¿No es un vicio?
(3) Me refiero a un tipo particular de duelo que está en relación directa con el Hijo Ideal y el Hijo Posible.
Las familias colaboradoras rara vez aparecen desde el comienzo del problema, sino que parecería que necesitan elaborar cierto tipo de duelo[3], para poder asumir una actitud más proactiva respecto al tratamiento de rehabilitación.
¿La familia del adicto también debe rehabilitarse?
Este es uno de los puntos más interesantes de mi trabajo en el área de las conductas adictivas. Tal vez porque implica introducirse en un mundo poblado de conflictos, de mitos y tabúes, pero fundamentalmente de miedos, de temor al autocuestionamiento, de sentimientos de culpabilidad, de vergüenza.
El micro universo familiar es una gran construcción discursiva[4] a nivel simbólico que por decirlo de algún modo atrapa a cada integrante en una compleja trama de ideas y prejuicios acerca de la vida. Una familia es ante todo una matriz y eso implica que es generadora de todo lo que sucederá luego. A su vez esta matriz, está inmersa y atravesada por las grandes construcciones sociales, los imaginarios del colectivo al cual pertenecen ya sea por origen, por pertenencia o por simple lugar de convivencia.
Y no es azarosa esta cuestión de los imaginarios sociales, ya que la familia reaccionará siguiendo esa impronta otorgada por dichos imaginarios, los cuales revelarán las ideas y prejuicios respecto a la conducta adictiva.
En las charlas con los grupos de familiares lo primero que sobreviene es la pregunta cargada de culpa: ¿qué fue lo que hicimos mal? Es el reproche que en forma reiterada y tortuosa retorna sobre las madres y los padres.
Lo primero que aclaramos que no se trata de buscar culpables, no estamos buscando un criminal o un delincuente. Se trata de encontrar una estrategia para poder ayudar a alguien que padece una enfermedad.
¿Entonces esto es una enfermedad? ¿De eso se trata? ¿No es un vicio?
(3) Me refiero a un tipo particular de duelo que está en relación directa con el Hijo Ideal y el Hijo Posible.
La cancha bien marcada.
El tema de los límites
En un camino castigado por el sol de un verano tórrido, las azarosas fuerzas del destino, hacen confluir en él, a un muchacho sediento y un aguador. El aguador observando al caminante se compadece de él y le ofrece amablemente un poco de agua para aliviar al caminante.
El aguador levantó su brazo izquierdo y vertió lentamente el cristalino líquido. Sin embargo las manos del muchacho ávido no alcanzaban para contener todo el volumen de agua vertida.
El joven se percató de inmediato que necesitaba un recipiente, pero no lo tenía a su alcance. De esa forma, perdió gran cantidad del refrescante elemento que se desparramó inútilmente en el polvoriento sendero que lo conducía a su hogar.
Su sed fue calmada solo en parte, y mucho se lamentó por no tener en su poder un recipiente para poner a buen recaudo cierta cantidad de agua.
Un recipiente, una tinaja, un receptáculo. Un elemento que nos sirve para contener en su interior algo. El ejemplo del aguador que vierte agua sobre las manos del joven sediento, sin que éste pueda aprovecharla, es ilustrativo de lo que sucede cuando ese elemento que contiene no existe.
Una familia es análoga al recipiente. Si la familia no es un recipiente que contenga, que no construye esas paredes que protegen a sus hijos, probablemente los hijos, al igual que el agua vertida, se pierda.
Este es básicamente el problema ante la ausencia de límites: la falta de una matriz contenedora. La carencia de una matriz que contenga se debe a muy variadas y múltiples causas, pero lo fundamental es que su ausencia deja abierta la posibilidad para la aparición de conductas de riesgo.
¿De qué tipo de contención estamos hablando? En líneas generales en el ámbito del trabajo con familias, nos referimos a la posibilidad que tiene un grupo familiar de construir y transmitir valores y limites, necesarios para la integración al mundo social.
¿Cómo se logra eso? En principio, siempre decimos en nuestras charlas, la importancia de lo afectivo, de la comunicación, de fortalecer a los hijos a través de mensajes positivos, señalando los errores sin caer en el uso abusivo de los señalamientos constantes, porque esto puede contribuir a formar una persona insegura respecto a sus propias capacidades.
Como padres, a veces solemos creer que con el ejemplo alcanza, y eso es un gran error. Nuestros hijos son diferentes. No son iguales a nosotros, tienen sus propias ideas, gustos y necesidades. Sienten las cosas de otro modo, por lo tanto reclaman reconocimiento, de un modo o de otro.
¿Qué significado tiene entonces el síntoma de la conducta adictiva? ¿Qué sentido le atribuimos a ese mensaje dirigido al corazón del seno familiar?
Es innegable que la conducta adictiva del joven logra atraer la mirada del grupo familiar. Una atención que es requerida con una conducta inadecuada que sin embargo logra su objetivo: el reconocimiento.
Llamado de atención entonces que hace desviar la mirada sobre un sujeto que padece, y que la mayoría de las veces, no tiene conciencia de su propio malestar y sufrimiento. Es el grupo familiar el destinatario de ese llamado que implica un pedido de ayuda, un grito quizá desgarrador que clama por una intervención.
Una intervención destinada a poner un límite que las familias en muchos casos no están en condiciones de poner por no saber o por omisión. Intervención que es delegada en principio en instituciones de rehabilitación o internación, con la esperanza de que cubran el déficit de contención familiar.
Y en esa intervención simbólica de una institución, representada en un equipo de psiquiatras o psicólogos, lo que se demanda es la puesta de un límite, la construcción de reglas y normas de convivencia.
¿Qué lleva a que una familia demande de una institución la puesta de límites?
Es una pregunta amplia, pues como ya se ha mencionado, las conductas adictivas responden a múltiples causas, donde podríamos mencionar básicamente tres: el contexto familiar, los predisponentes individuales y el contexto social.
Respecto al contexto familiar, podríamos elaborar una larga lista de hechos que enmarcan el funcionamiento o dinámica familiar que favorecen o abonan un campo propicio para la aparición de conductas adictivas, temas que abordaremos más adelante, y sobre el cual ya hemos adelantado algunos puntos.
El área de los predisponentes individuales tendrá que ver con las características particulares de cada individuo, rasgos de personalidad, historia personal, permeabilidad o tolerancia a determinadas sustancias, etc.
Con respecto al contexto social, debemos considerar los cambios en el ámbito local, respecto a pasar de un país de tránsito a un país de consumo. Este hecho, sumado al abaratamiento de la venta de sustancias psicoactivas, coloca a los adolescentes y a la población en general, frente a un fenómeno de alto riesgo.
También no podemos dejar de lado los hábitos y conductas de los adolescentes, que con sus rituales y busca de identidad, han adoptado como forma de vida y diversión el uso y abuso de sustancias psicoactivas en un espectro que abarca desde el alcohol hasta los psicofármacos, pasando por la marihuana y la cocaína, pasta base, LSD e inhalantes.
Cabe señalar que la sociedad nos escatima en el uso de mensajes que proponen una vida consumista y exitista, donde lo que prepondera es la imagen y no el contenido.
Existe por otro lado una percepción muy clara de una falta de acatamiento a las normas, donde el sistema social y los ciudadanos se ven expuestos peligrosamente a una anomia social. De modo que la demanda de límites ya no se reduce simplemente a una institución de rehabilitación, sino a un marco más extenso; se pasa de lo micro (familia) a lo macro (sociedad-estado) donde el reclamo se potencia en la manifestación del pedido de seguridad, lucha contra el narcotráfico y sanción de los hechos de corrupción.
Retomando el tema de porqué una familia llega a delegar la puesta de límites en una institución, podríamos elaborar ciertas hipótesis que recorren el tema de la comunicación familiar, su discurso intra e interfamiliar, la dinámica, la distribución de roles y modelos de identificación.
Lo que queda en claro es que el núcleo familiar se ve desbordado por la situación y no tiene o no encuentra herramientas para resolver la situación, motivo por el cual se ve en la necesidad de buscar ayuda profesional.
Debo destacar, que a mi entender, el desencadenante es el hecho de descubrir la conducta adictiva del adolescente. Lo que genera una movilización de los integrantes de la familia en torno al problema. Es precisamente el síntoma como llamado de atención lo que genera el cambio de actitud familiar.
En un camino castigado por el sol de un verano tórrido, las azarosas fuerzas del destino, hacen confluir en él, a un muchacho sediento y un aguador. El aguador observando al caminante se compadece de él y le ofrece amablemente un poco de agua para aliviar al caminante.
El aguador levantó su brazo izquierdo y vertió lentamente el cristalino líquido. Sin embargo las manos del muchacho ávido no alcanzaban para contener todo el volumen de agua vertida.
El joven se percató de inmediato que necesitaba un recipiente, pero no lo tenía a su alcance. De esa forma, perdió gran cantidad del refrescante elemento que se desparramó inútilmente en el polvoriento sendero que lo conducía a su hogar.
Su sed fue calmada solo en parte, y mucho se lamentó por no tener en su poder un recipiente para poner a buen recaudo cierta cantidad de agua.
Un recipiente, una tinaja, un receptáculo. Un elemento que nos sirve para contener en su interior algo. El ejemplo del aguador que vierte agua sobre las manos del joven sediento, sin que éste pueda aprovecharla, es ilustrativo de lo que sucede cuando ese elemento que contiene no existe.
Una familia es análoga al recipiente. Si la familia no es un recipiente que contenga, que no construye esas paredes que protegen a sus hijos, probablemente los hijos, al igual que el agua vertida, se pierda.
Este es básicamente el problema ante la ausencia de límites: la falta de una matriz contenedora. La carencia de una matriz que contenga se debe a muy variadas y múltiples causas, pero lo fundamental es que su ausencia deja abierta la posibilidad para la aparición de conductas de riesgo.
¿De qué tipo de contención estamos hablando? En líneas generales en el ámbito del trabajo con familias, nos referimos a la posibilidad que tiene un grupo familiar de construir y transmitir valores y limites, necesarios para la integración al mundo social.
¿Cómo se logra eso? En principio, siempre decimos en nuestras charlas, la importancia de lo afectivo, de la comunicación, de fortalecer a los hijos a través de mensajes positivos, señalando los errores sin caer en el uso abusivo de los señalamientos constantes, porque esto puede contribuir a formar una persona insegura respecto a sus propias capacidades.
Como padres, a veces solemos creer que con el ejemplo alcanza, y eso es un gran error. Nuestros hijos son diferentes. No son iguales a nosotros, tienen sus propias ideas, gustos y necesidades. Sienten las cosas de otro modo, por lo tanto reclaman reconocimiento, de un modo o de otro.
¿Qué significado tiene entonces el síntoma de la conducta adictiva? ¿Qué sentido le atribuimos a ese mensaje dirigido al corazón del seno familiar?
Es innegable que la conducta adictiva del joven logra atraer la mirada del grupo familiar. Una atención que es requerida con una conducta inadecuada que sin embargo logra su objetivo: el reconocimiento.
Llamado de atención entonces que hace desviar la mirada sobre un sujeto que padece, y que la mayoría de las veces, no tiene conciencia de su propio malestar y sufrimiento. Es el grupo familiar el destinatario de ese llamado que implica un pedido de ayuda, un grito quizá desgarrador que clama por una intervención.
Una intervención destinada a poner un límite que las familias en muchos casos no están en condiciones de poner por no saber o por omisión. Intervención que es delegada en principio en instituciones de rehabilitación o internación, con la esperanza de que cubran el déficit de contención familiar.
Y en esa intervención simbólica de una institución, representada en un equipo de psiquiatras o psicólogos, lo que se demanda es la puesta de un límite, la construcción de reglas y normas de convivencia.
¿Qué lleva a que una familia demande de una institución la puesta de límites?
Es una pregunta amplia, pues como ya se ha mencionado, las conductas adictivas responden a múltiples causas, donde podríamos mencionar básicamente tres: el contexto familiar, los predisponentes individuales y el contexto social.
Respecto al contexto familiar, podríamos elaborar una larga lista de hechos que enmarcan el funcionamiento o dinámica familiar que favorecen o abonan un campo propicio para la aparición de conductas adictivas, temas que abordaremos más adelante, y sobre el cual ya hemos adelantado algunos puntos.
El área de los predisponentes individuales tendrá que ver con las características particulares de cada individuo, rasgos de personalidad, historia personal, permeabilidad o tolerancia a determinadas sustancias, etc.
Con respecto al contexto social, debemos considerar los cambios en el ámbito local, respecto a pasar de un país de tránsito a un país de consumo. Este hecho, sumado al abaratamiento de la venta de sustancias psicoactivas, coloca a los adolescentes y a la población en general, frente a un fenómeno de alto riesgo.
También no podemos dejar de lado los hábitos y conductas de los adolescentes, que con sus rituales y busca de identidad, han adoptado como forma de vida y diversión el uso y abuso de sustancias psicoactivas en un espectro que abarca desde el alcohol hasta los psicofármacos, pasando por la marihuana y la cocaína, pasta base, LSD e inhalantes.
Cabe señalar que la sociedad nos escatima en el uso de mensajes que proponen una vida consumista y exitista, donde lo que prepondera es la imagen y no el contenido.
Existe por otro lado una percepción muy clara de una falta de acatamiento a las normas, donde el sistema social y los ciudadanos se ven expuestos peligrosamente a una anomia social. De modo que la demanda de límites ya no se reduce simplemente a una institución de rehabilitación, sino a un marco más extenso; se pasa de lo micro (familia) a lo macro (sociedad-estado) donde el reclamo se potencia en la manifestación del pedido de seguridad, lucha contra el narcotráfico y sanción de los hechos de corrupción.
Retomando el tema de porqué una familia llega a delegar la puesta de límites en una institución, podríamos elaborar ciertas hipótesis que recorren el tema de la comunicación familiar, su discurso intra e interfamiliar, la dinámica, la distribución de roles y modelos de identificación.
Lo que queda en claro es que el núcleo familiar se ve desbordado por la situación y no tiene o no encuentra herramientas para resolver la situación, motivo por el cual se ve en la necesidad de buscar ayuda profesional.
Debo destacar, que a mi entender, el desencadenante es el hecho de descubrir la conducta adictiva del adolescente. Lo que genera una movilización de los integrantes de la familia en torno al problema. Es precisamente el síntoma como llamado de atención lo que genera el cambio de actitud familiar.
Drogas buenas y drogas malas?
Existen ciertas clasificaciones que hacen hincapié en las características o propiedades de las diferentes sustancias, subrayando la existencia de drogas "duras" y drogas "blandas".
Esta diferencia se establece a partir de los efectos que las mismas provocan en el consumidor y las reacciones positivas o negativas que tienen sobre el organismo. Asimismo se toma en cuenta el impacto social que las mismas producen.
Desde un punto de vista más amplio, cuando hablamos de conductas adictivas, estamos ampliando el concepto a una serie de hábitos que involucran toda una gama de actitudes y comportamientos en relación a un objeto, ya sea este una sustancia, una actividad, un juego, el sexo o la comida.
Es decir que cuando nos posicionamos desde el concepto de conducta adictiva estamos observando la peculiar forma de relación con algo, que tiene una persona. Esta relación puede estar enmarcada o no en una relación de uso, abuso o adicción según la modalidad de relación que se ha establecido.
Desde luego al posicionarnos en este punto de vista, la clasificación de drogas duras o blandas, carece de sentido, y es casi un absurdo, ya que lo que interesa es el tipo de relación que se establece con la sustancia. Lo que nos interesa saber es que tipo de Conducta manifiesta una persona en función de una sustancia, una actividad o cualquier otra cosa.
Para muchas personas la marihuana es una droga inofensiva, que no produce daños, sin embargo no es lo esencial que produzca o no un daño físico inmediato, sino la relación particular que se establece entre la persona y el hecho de fumar marihuana. El tabaco tampoco produce daños físicos inmediatos y es desde un punto de vista social es inofensivo. Sin embargo sabemos que es un factor de riesgo en las enfermedades cardíacas y un posible factor de riesgo cancerígeno, además sabemos que la nicotina es más adictiva que la marihuana.
Si esta relación evoluciona desde la ingesta esporádica a una ingesta diaria y frecuente estamos hablando de la instalación de una conducta adictiva, a pesar de que el consumidor lo niegue.
Desde esta postura, podemos decir que no existen drogas duras o blandas, existen drogas. Y es la conducta del usuario o consumidor la que puede transformarse en riesgosa cuando se ingresa en el mundo de las sustancias psicoactivas.
Vamos a poner la mirada entonces sobre la actitud de la persona en relación a determinada sustancia y a partir de esa mirada, comenzaremos a trabajar en la deconstrucción de las conductas adictivas de esa persona.
También podríamos afirmar que ninguna persona está exenta de quedar atrapada en algún tipo de conducta adictiva, ya que las mismas no están orientadas por el uso de sustancias, sino más bien por la manifestación de una conducta sin límites y sin control. Esa es la esencia, ese el nudo de la problemática de las adicciones en los seres humanos: la falta de límites.
Es en este sentido entonces que el trabajo en el campo de las conductas adictivas adquiere otra dimensión, puesto que no establecemos un parámetro único de adicción (el de las sustancias) sino que ampliamos el marco para encontrar que en la multiplicidad de conductas humanas existen actitudes o prácticas que atrapan a los individuos en una espiral de dependencia que implican riesgos para su vida, un deterioro de la calidad de la vida familiar y personal, acompañada de un paulatino derrumbe de la propia existencia.
Esta diferencia se establece a partir de los efectos que las mismas provocan en el consumidor y las reacciones positivas o negativas que tienen sobre el organismo. Asimismo se toma en cuenta el impacto social que las mismas producen.
Desde un punto de vista más amplio, cuando hablamos de conductas adictivas, estamos ampliando el concepto a una serie de hábitos que involucran toda una gama de actitudes y comportamientos en relación a un objeto, ya sea este una sustancia, una actividad, un juego, el sexo o la comida.
Es decir que cuando nos posicionamos desde el concepto de conducta adictiva estamos observando la peculiar forma de relación con algo, que tiene una persona. Esta relación puede estar enmarcada o no en una relación de uso, abuso o adicción según la modalidad de relación que se ha establecido.
Desde luego al posicionarnos en este punto de vista, la clasificación de drogas duras o blandas, carece de sentido, y es casi un absurdo, ya que lo que interesa es el tipo de relación que se establece con la sustancia. Lo que nos interesa saber es que tipo de Conducta manifiesta una persona en función de una sustancia, una actividad o cualquier otra cosa.
Para muchas personas la marihuana es una droga inofensiva, que no produce daños, sin embargo no es lo esencial que produzca o no un daño físico inmediato, sino la relación particular que se establece entre la persona y el hecho de fumar marihuana. El tabaco tampoco produce daños físicos inmediatos y es desde un punto de vista social es inofensivo. Sin embargo sabemos que es un factor de riesgo en las enfermedades cardíacas y un posible factor de riesgo cancerígeno, además sabemos que la nicotina es más adictiva que la marihuana.
Si esta relación evoluciona desde la ingesta esporádica a una ingesta diaria y frecuente estamos hablando de la instalación de una conducta adictiva, a pesar de que el consumidor lo niegue.
Desde esta postura, podemos decir que no existen drogas duras o blandas, existen drogas. Y es la conducta del usuario o consumidor la que puede transformarse en riesgosa cuando se ingresa en el mundo de las sustancias psicoactivas.
Vamos a poner la mirada entonces sobre la actitud de la persona en relación a determinada sustancia y a partir de esa mirada, comenzaremos a trabajar en la deconstrucción de las conductas adictivas de esa persona.
También podríamos afirmar que ninguna persona está exenta de quedar atrapada en algún tipo de conducta adictiva, ya que las mismas no están orientadas por el uso de sustancias, sino más bien por la manifestación de una conducta sin límites y sin control. Esa es la esencia, ese el nudo de la problemática de las adicciones en los seres humanos: la falta de límites.
Es en este sentido entonces que el trabajo en el campo de las conductas adictivas adquiere otra dimensión, puesto que no establecemos un parámetro único de adicción (el de las sustancias) sino que ampliamos el marco para encontrar que en la multiplicidad de conductas humanas existen actitudes o prácticas que atrapan a los individuos en una espiral de dependencia que implican riesgos para su vida, un deterioro de la calidad de la vida familiar y personal, acompañada de un paulatino derrumbe de la propia existencia.
La familia y las conductas adictivas
Tradicionalmente se ha abordado el tema de las adicciones desde el eje toxicomanía o drogadependencia, quizás tomando el modelo de Alcohólicos Anónimos, surgido alrededor del año 1930. De manera que los tratamientos de rehabilitación y recuperación se basaron fundamentalmente en todo el programa establecido por AA.
Si bien está probado que las técnicas implementadas han dado resultado y han logrado éxitos en la recuperación de personas adictas al alcohol, el modelo eje basado en el concepto de sustancias adictivas, deja un espacio bastante grande con respecto a otro tipo de circunstancias que también siguen los mismos pasos y dificultades de una persona con problemas de ingesta de alcohol, como por ejemplo las personas que tiene dificultades con el juego y más recientemente la actitud frente a los video juegos e Internet.
Esta circunstancia habla claramente que no existe una adicción a ciertas sustancias solamente, sino que preexiste de fondo una conducta particular en relación a un objeto que puede ir desplazándose de un área a otra estableciendo siempre la misma conducta adictiva con respecto al objeto en cuestión.
Citando a José Bleger en su libro Psicología de la Conducta, encontramos una referencia a una posible definición de conducta: "Etimológicamente la palabra conducta es latina y significa conducida o guiada, es decir, que todas las manifestaciones comprendidas en el término conducta son acciones conducidas o guiadas por algo está fuera de las mismas: por la mente:"[1]
Comenzamos entonces a comprender que el término conducta alude a la manifestación de algo observable, y que está en relación directa con algo que conduce o guía. Esa guía según Bleger, aparece depositada en la mente, y la misma no es visible ni posible de captar sino es a través de sus manifestaciones, es decir de lo que una persona produce, entendiendo por producción toda acción o manifestación que exprese un sujeto en determinada situación.
Desde esta postura, es posible entonces entender que la conducta es más que la simple manifestación de algo, sino que alude a la construcción mediante la educación y al aprendizaje de hábitos y costumbres, de determinados tipos de respuestas a situaciones más o menos conocidas.
Siguiendo a Bleger, quien toma a Daniel Lagache, definimos a la conducta como el conjunto de operaciones (fisiológicas, motrices, verbales, mentales) por las cuales un organismo en situación reduce las tensiones que lo motivan y realiza sus posibilidades¨[2] Continuando con esa línea de pensamiento que se refiere al aprendizaje de determinadas conductas, ese "conjunto de operaciones" a las que alude Lagache, es lo suficientemente claro como para inferir que ese conjunto de operaciones han sido tomadas desde algún modelo.
El modelo primario sobre el cual recae el rol o el papel de transferir patrones de conducta es la familia. Es la familia la matriz que da origen a las primeras pautas de conducta y que precisamente por ser la primera, deja huellas lo suficientemente profundas como para no ser olvidadas fácilmente.
También cuando hablamos de Conductas estamos hablando de la posibilidad de aprendizaje, pero también de posibilidad de reaprendizaje, con lo cual queda abierta la posibilidad de recuperación o rehabilitación.
En la construcción de la conducta de una persona entran a jugar infinidad de variables, que operan a nivel simbólico, que dan la posibilidad de responder a las situaciones de nivel existencial a las cuales cualquier individuo se expone por el sencillo hecho de vivir.
No podemos referirnos a una persona recortándolo de su historia personal, de lo vivido, de sus experiencias de aprendizaje, de lo aprendido siguiendo los modelos imperantes tanto en el ámbito familiar como en el escolar.
La familia es la primera institución educativa por donde una persona transita. Esa matriz la llamamos matriz de identidad, ya que da los primeros elementos de identificación y genera como toda matriz, los rudimentos básicos actitudinales frente a la vida.
Por este motivo, cuando trabajamos en el ámbito de las conductas adictivas, la familia pasa a desempeñar un rol de suma importancia, pues es de algún modo el catalizador de los cambios que se van a producir en relación a la conducta del paciente adicto.
[1] Bleger, José. "Psicología de la Conducta", pp., 23, Paidós 1984.
[2] Bleger, José, op.cit., pp. 26
Si bien está probado que las técnicas implementadas han dado resultado y han logrado éxitos en la recuperación de personas adictas al alcohol, el modelo eje basado en el concepto de sustancias adictivas, deja un espacio bastante grande con respecto a otro tipo de circunstancias que también siguen los mismos pasos y dificultades de una persona con problemas de ingesta de alcohol, como por ejemplo las personas que tiene dificultades con el juego y más recientemente la actitud frente a los video juegos e Internet.
Esta circunstancia habla claramente que no existe una adicción a ciertas sustancias solamente, sino que preexiste de fondo una conducta particular en relación a un objeto que puede ir desplazándose de un área a otra estableciendo siempre la misma conducta adictiva con respecto al objeto en cuestión.
Citando a José Bleger en su libro Psicología de la Conducta, encontramos una referencia a una posible definición de conducta: "Etimológicamente la palabra conducta es latina y significa conducida o guiada, es decir, que todas las manifestaciones comprendidas en el término conducta son acciones conducidas o guiadas por algo está fuera de las mismas: por la mente:"[1]
Comenzamos entonces a comprender que el término conducta alude a la manifestación de algo observable, y que está en relación directa con algo que conduce o guía. Esa guía según Bleger, aparece depositada en la mente, y la misma no es visible ni posible de captar sino es a través de sus manifestaciones, es decir de lo que una persona produce, entendiendo por producción toda acción o manifestación que exprese un sujeto en determinada situación.
Desde esta postura, es posible entonces entender que la conducta es más que la simple manifestación de algo, sino que alude a la construcción mediante la educación y al aprendizaje de hábitos y costumbres, de determinados tipos de respuestas a situaciones más o menos conocidas.
Siguiendo a Bleger, quien toma a Daniel Lagache, definimos a la conducta como el conjunto de operaciones (fisiológicas, motrices, verbales, mentales) por las cuales un organismo en situación reduce las tensiones que lo motivan y realiza sus posibilidades¨[2] Continuando con esa línea de pensamiento que se refiere al aprendizaje de determinadas conductas, ese "conjunto de operaciones" a las que alude Lagache, es lo suficientemente claro como para inferir que ese conjunto de operaciones han sido tomadas desde algún modelo.
El modelo primario sobre el cual recae el rol o el papel de transferir patrones de conducta es la familia. Es la familia la matriz que da origen a las primeras pautas de conducta y que precisamente por ser la primera, deja huellas lo suficientemente profundas como para no ser olvidadas fácilmente.
También cuando hablamos de Conductas estamos hablando de la posibilidad de aprendizaje, pero también de posibilidad de reaprendizaje, con lo cual queda abierta la posibilidad de recuperación o rehabilitación.
En la construcción de la conducta de una persona entran a jugar infinidad de variables, que operan a nivel simbólico, que dan la posibilidad de responder a las situaciones de nivel existencial a las cuales cualquier individuo se expone por el sencillo hecho de vivir.
No podemos referirnos a una persona recortándolo de su historia personal, de lo vivido, de sus experiencias de aprendizaje, de lo aprendido siguiendo los modelos imperantes tanto en el ámbito familiar como en el escolar.
La familia es la primera institución educativa por donde una persona transita. Esa matriz la llamamos matriz de identidad, ya que da los primeros elementos de identificación y genera como toda matriz, los rudimentos básicos actitudinales frente a la vida.
Por este motivo, cuando trabajamos en el ámbito de las conductas adictivas, la familia pasa a desempeñar un rol de suma importancia, pues es de algún modo el catalizador de los cambios que se van a producir en relación a la conducta del paciente adicto.
[1] Bleger, José. "Psicología de la Conducta", pp., 23, Paidós 1984.
[2] Bleger, José, op.cit., pp. 26
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