El tema de los límites
En un camino castigado por el sol de un verano tórrido, las azarosas fuerzas del destino, hacen confluir en él, a un muchacho sediento y un aguador. El aguador observando al caminante se compadece de él y le ofrece amablemente un poco de agua para aliviar al caminante.
El aguador levantó su brazo izquierdo y vertió lentamente el cristalino líquido. Sin embargo las manos del muchacho ávido no alcanzaban para contener todo el volumen de agua vertida.
El joven se percató de inmediato que necesitaba un recipiente, pero no lo tenía a su alcance. De esa forma, perdió gran cantidad del refrescante elemento que se desparramó inútilmente en el polvoriento sendero que lo conducía a su hogar.
Su sed fue calmada solo en parte, y mucho se lamentó por no tener en su poder un recipiente para poner a buen recaudo cierta cantidad de agua.
Un recipiente, una tinaja, un receptáculo. Un elemento que nos sirve para contener en su interior algo. El ejemplo del aguador que vierte agua sobre las manos del joven sediento, sin que éste pueda aprovecharla, es ilustrativo de lo que sucede cuando ese elemento que contiene no existe.
Una familia es análoga al recipiente. Si la familia no es un recipiente que contenga, que no construye esas paredes que protegen a sus hijos, probablemente los hijos, al igual que el agua vertida, se pierda.
Este es básicamente el problema ante la ausencia de límites: la falta de una matriz contenedora. La carencia de una matriz que contenga se debe a muy variadas y múltiples causas, pero lo fundamental es que su ausencia deja abierta la posibilidad para la aparición de conductas de riesgo.
¿De qué tipo de contención estamos hablando? En líneas generales en el ámbito del trabajo con familias, nos referimos a la posibilidad que tiene un grupo familiar de construir y transmitir valores y limites, necesarios para la integración al mundo social.
¿Cómo se logra eso? En principio, siempre decimos en nuestras charlas, la importancia de lo afectivo, de la comunicación, de fortalecer a los hijos a través de mensajes positivos, señalando los errores sin caer en el uso abusivo de los señalamientos constantes, porque esto puede contribuir a formar una persona insegura respecto a sus propias capacidades.
Como padres, a veces solemos creer que con el ejemplo alcanza, y eso es un gran error. Nuestros hijos son diferentes. No son iguales a nosotros, tienen sus propias ideas, gustos y necesidades. Sienten las cosas de otro modo, por lo tanto reclaman reconocimiento, de un modo o de otro.
¿Qué significado tiene entonces el síntoma de la conducta adictiva? ¿Qué sentido le atribuimos a ese mensaje dirigido al corazón del seno familiar?
Es innegable que la conducta adictiva del joven logra atraer la mirada del grupo familiar. Una atención que es requerida con una conducta inadecuada que sin embargo logra su objetivo: el reconocimiento.
Llamado de atención entonces que hace desviar la mirada sobre un sujeto que padece, y que la mayoría de las veces, no tiene conciencia de su propio malestar y sufrimiento. Es el grupo familiar el destinatario de ese llamado que implica un pedido de ayuda, un grito quizá desgarrador que clama por una intervención.
Una intervención destinada a poner un límite que las familias en muchos casos no están en condiciones de poner por no saber o por omisión. Intervención que es delegada en principio en instituciones de rehabilitación o internación, con la esperanza de que cubran el déficit de contención familiar.
Y en esa intervención simbólica de una institución, representada en un equipo de psiquiatras o psicólogos, lo que se demanda es la puesta de un límite, la construcción de reglas y normas de convivencia.
¿Qué lleva a que una familia demande de una institución la puesta de límites?
Es una pregunta amplia, pues como ya se ha mencionado, las conductas adictivas responden a múltiples causas, donde podríamos mencionar básicamente tres: el contexto familiar, los predisponentes individuales y el contexto social.
Respecto al contexto familiar, podríamos elaborar una larga lista de hechos que enmarcan el funcionamiento o dinámica familiar que favorecen o abonan un campo propicio para la aparición de conductas adictivas, temas que abordaremos más adelante, y sobre el cual ya hemos adelantado algunos puntos.
El área de los predisponentes individuales tendrá que ver con las características particulares de cada individuo, rasgos de personalidad, historia personal, permeabilidad o tolerancia a determinadas sustancias, etc.
Con respecto al contexto social, debemos considerar los cambios en el ámbito local, respecto a pasar de un país de tránsito a un país de consumo. Este hecho, sumado al abaratamiento de la venta de sustancias psicoactivas, coloca a los adolescentes y a la población en general, frente a un fenómeno de alto riesgo.
También no podemos dejar de lado los hábitos y conductas de los adolescentes, que con sus rituales y busca de identidad, han adoptado como forma de vida y diversión el uso y abuso de sustancias psicoactivas en un espectro que abarca desde el alcohol hasta los psicofármacos, pasando por la marihuana y la cocaína, pasta base, LSD e inhalantes.
Cabe señalar que la sociedad nos escatima en el uso de mensajes que proponen una vida consumista y exitista, donde lo que prepondera es la imagen y no el contenido.
Existe por otro lado una percepción muy clara de una falta de acatamiento a las normas, donde el sistema social y los ciudadanos se ven expuestos peligrosamente a una anomia social. De modo que la demanda de límites ya no se reduce simplemente a una institución de rehabilitación, sino a un marco más extenso; se pasa de lo micro (familia) a lo macro (sociedad-estado) donde el reclamo se potencia en la manifestación del pedido de seguridad, lucha contra el narcotráfico y sanción de los hechos de corrupción.
Retomando el tema de porqué una familia llega a delegar la puesta de límites en una institución, podríamos elaborar ciertas hipótesis que recorren el tema de la comunicación familiar, su discurso intra e interfamiliar, la dinámica, la distribución de roles y modelos de identificación.
Lo que queda en claro es que el núcleo familiar se ve desbordado por la situación y no tiene o no encuentra herramientas para resolver la situación, motivo por el cual se ve en la necesidad de buscar ayuda profesional.
Debo destacar, que a mi entender, el desencadenante es el hecho de descubrir la conducta adictiva del adolescente. Lo que genera una movilización de los integrantes de la familia en torno al problema. Es precisamente el síntoma como llamado de atención lo que genera el cambio de actitud familiar.
jueves, marzo 11, 2010
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